(Artículo de Gorka Zabala para DEIA el 22 de julio de 1995)
Lo dicho hasta ahora sobre el homenaje a José María Diéguez «Jomadi», que se celebró el jueves en el restaurante Getaria y se culminó en el Pub Astarloa era verdad, pero no toda la verdad, ahora que el lenguaje judicial nos inunda por todos los costados. Era verdad que José María Diéguez es un personaje entrañable y querido por su amplio círculo de beneficiarios, verdad era también la ternura, reconocida por todos, de su esposa Gloria a la que la emoción del acto no le restó coraje y decisión. Era verdad la capacidad técnica de Teodoro, discreto y eficaz, quien con solo acercarse a un bajo lo hizo funcionar (la guitarra lo vio venir y se puso en marcha). Era verdad que en el Getaria se iba a reunir una farándula singular, que sigue con idéntica vitalidad en la brecha anímica (y en algún caso profesional). Verdad fue que no faltó nadie y sólo las tribulaciones del pacto municipal le impidieron asistir al alcalde Josu Ortuondo, aunque sí estuvo su esposa, Isabel de la Brena, acompañada por el concejal de Cultura Joseba Inchaurraga y su predecesor en el cargo Jon Gangoiti (ya dije que en su época juvenil perteneció a Los Crótalos) y según dijo, uno de los primeros clientes de Jomadi, aunque en ello hay absoluta disputa histórica.
El Getaria se llenó aunque de haber llegado alguno más seguro que José María Losa hubiera encontrado la solución adecuada para ensanchar el local y que ningún calor humano se hubiera quedado ajeno a Jomadi. (Cuando la profesión va por dentro, los problemas no existen). Y verdad fueron las palabras de José Antonio Cayón, de Pepe «el del Piano» que oficiaron de maestros de ceremonia interpretando un sentir generalizado, antes de proceder a la entrega de una placa a José María Diéguez «A ti Jomadi, que eras como una partitura, con tus fuertes y tus pianos...», a su mujer Gloria «por estar siempre al lado de nuestro amigo José Mari...» y de una reproducción del Teatro Arriaga a cargo del Ayuntamiento de Bilbao. Incluso los que no pudieron asistir (Ignacio Toña, Javier Reino y Guillermo Gamendia enviaron telegrama o carta de adhesión.
Pero la verdad era más ancha. Porque verdad fueron las viandas preparadas con esmero por un joven cheff Borja Losa, el benjamín de la familia que a sus 21 años lleva siete entre fogones y para quien la cocina no tiene secretos que no sean los que se derivan de la propia imaginación. Así que el asunto comenzó con solidez. Y verdad fue que uno tras otro solicitaron el perdón de aquellas letras que se perdieron entre cajones cuando compraron la primera guitarra en Jomadi con más voluntad que fondos. José Mari accedió a la ley de punto final. Y verdad fue que Los Cinco Bilbainos (los de antes también estaban, allí, enfrente de mí) entrelazaron la cena con lo que venía después, entonando un «No te vayas de Navarra» a pleno pulmón.
Pero verdad fue sobre todo que la música no tiene edad y que está hecha para cantarse más que para grabarse. El Pub Astarloa, recogido y coloquial, se convirtió por no sé cuantas horas (uno abandonó entrada -o casi salida- la madrugada) en un festival, en una galería de anónimos ilustres que desgranaron calidad y capacidad a borbotones. Begoña Maruri y Pascual Pérez Yarza desgranaron melodías con esa calidez que Begoña imprime a lo que canta (oirle cantar «Viajera» o «Grande» es lanzar un brindis a la ternura. Si lo quieren comprobar visítenles en el Hotel Indautxu). Iñaki y Ramón dieron marcha a las bilbainadas para concluir con un «Maite» a coro. El turno fue después para Bohemia. Lalo y Tuqui, son dos sudamericanos que tocaron durante un tiempo con Pepe en el Pianisimo de Urkijo. Ahora han cambiado a Pepe por Reyes (las razones son obvias: entre «Pepe el de la coleta» y la mujer de rojo no hay color) y desgranan boleros de Los Panchos, o canciones melódicas con una profundidad singular. La guitarra de Lato es una orquesta, la melodía de Tuqui y la voz de Reyes una invitación a la sensibilidad.
Los Cinco Bilbainos recorrieron bilbainas y a eso de las dos de la mañana nos ofrecieron su «Menú». Incluso a esas horas y tras dar cuenta de las habilidades gastronómicas de Borja Losa, en el Getaria, el «Menú» de Los Cinco Bilbainos es una perfecta digestión musical. Andoni Artuñedo (compañero periodista) resucitó su doble personalidad como Anthony Songer (¿cuál es la más verdadera?) y se arrancó con la canción italiana, siguió con Gilbert Becaud, con la canción de cuna vasca y concluyó junto a Jacinto Oñate (ex V Reserva) y otros cuyo nombre no pude retener con el rock de los sesenta. Ni la algarabía de la sala de prensa de San Mamés donde pelea cada domingo con las vaciedades del entrenador de turno, han quebrado su voz.
Y la cosa siguió desgranando verdades como puños. Que Jomadi fue parte importante de esa cultura musical y que hoy lo sigue siendo a través de su hijo José Ignacio. Y que la música, siempre misteriosa, emotiva, sugerente es también caprichosa y a veces despótica. El plantel del jueves en el Astarloa haría palidecer a algunos profesionales de hoy. Bilbao tiene pasado, presente y futuro musical. Y en el Hotel Indautxu, en Aparcavisa, en el Pub Astarloa y en algunos otros locales sigue latiendo la canción de verdad, la que se lleva dentro, la que como decía Amalia Rodrigues, «se canta con las tripas». Y ayer con más motivo.
